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El 3 de marzo de 2016, se difundió la noticia de otro crimen violento más. Una mujer, Berta Cáceres, había sido asesinada a tiros antes del amanecer en su casa en el sur de Honduras. Se trataba de una de esas historias que de manera abrupta canalizan de un chispazo la atención a un lugar al parecer azaroso y desconocido: un país con una capital impronunciable, un segmento de la estrecha serpentina que separa el Mar Caribe del Océano Pacífico, un país conocido por sus selvas y puros y la huida hacia el norte de decenas de miles de jóvenes y, sin dudas, por sus asesinatos. Pero Cáceres no era una mujer común y su asesinato tuvo una importancia en sí: encapsula de algún modo la naturaleza de la corrupción que Honduras comparte con, por lo menos, sesenta y cinco países en el mundo1 y la esencia de algunos de los movimientos civiles que están luchando contra ella con éxito notable.

Honduras puede parecer un país relativamente insignificante, de interés sobre todo para los latinoamericanos que alcanzaron la mayoría de edad en los años decrecientes de la Guerra Fría. Sin embargo, las maneras en las cuales el poder se ejerce en ese país, y con qué fines se lo hace, no son idiosincrasia local. Las dinámicas de Honduras muestran características fundamentales sobre la forma en la cual las políticas en el mundo están cobrando forma en el siglo XXI, de qué manera las economías que se consideran abiertas o que, incluso, parecen ser caóticas están en realidad estructuradas, y de qué modo estas dinámicas ayudan a propulsar el cambio climático, la desigualdad persistente y el conflicto en espiral.

No es posible seguir entendiendo la corrupción únicamente como los actos inicuos de individuos, ya sea la gente que paga sobornos en la calle, los funcionarios del gobierno o los ejecutivos de empresas. En unas cinco docenas de países de los cuales Honduras es emblemática, la corrupción es el sistema operativo de redes sofisticadas que vinculan a los sectores privado y público y a los verdaderos delincuentes, incluidos los asesinos, y cuyo objetivo principal es maximizar los beneficios para los miembros de la red2. La corrupción se basa en el funcionamiento de las instituciones de dichos países. Y, al igual que las organizaciones delictivas que están insertadas en sus tejidos, las redes cruzan fronteras internacionales. Sería más oportuno considerar el intercambio de favores y la creación de vías de penetración con socios y proveedores de servicios en el mundo como redes cleptocráticas transnacionales.

En los últimos años, diversas poblaciones que van de Afganistán a Brasil y de Irak a Corea del Sur han arremetido de diversas maneras contra esta estructuración de sus economías y políticas que favorece intereses personales. Un sinnúmero de personas, en Brasil y Egipto, por ejemplo, y en Malasia y Túnez, han organizado protestas, y han logrado derrocar a sus líderes políticos en algunas ocasiones. Otras se han unido a movimientos extremistas o bandas delictivas, como en Afganistán, Irak, México y Nigeria. En otros lugares, la gente ha votado por partidos políticos o defensores marginales que prometen un cambio fundamental o hasta radical. La versión más ostentosa de ello quizá sea la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, que ocurrió porque cerca del 60 % de los estadounidenses encuestados afirmó tener más miedo a los políticos corruptos que a cualquier otra amenaza, según una investigación anual3; y tanto el candidato del Partido Demócrata inesperadamente popular, Bernie Sanders, como el vencedor, Donald Trump, convirtieron a la corrupción en un asunto central de sus campañas electorales.

En estas reacciones extremas ante el azote de la corrupción se encuentra implícita una imputación: a pesar de los esfuerzos de las miles de personas en el mundo, en los organismos de control gubernamental, en las oficinas corporativas a cargo del cumplimiento de normas, en las organizaciones no gubernamentales y en los organismos para el desarrollo, la respuesta convencional contra la corrupción está lejos de cumplir las exigencias populares para alcanzar una solución. Algunas veces este fracaso se debe a la habilidad de los cleptócratas para cooptar o inhabilitar autoridades independientes. La búsqueda de ingresos monetarios sobre otras consideraciones por un sinnúmero de individuos o, en caso contrario, la ceguera premeditada, o los incentivos competitivos, o la falta de atención han conducido a políticas que fortalecen y facilitan estas redes y sus prácticas a nivel nacional o en el extranjero. Las organizaciones civiles de la sociedad a menudo buscan maneras de trabajar “con” el gobierno y las empresas corruptas que desean reformar, con resultados dispares.

Sin embargo, por lo menos parte del fracaso puede atribuírsele al malentendido honesto de la manera en la cual opera la corrupción.

No se trata, desde luego, de que nunca se hayan realizado estudios de las dinámicas de poder en países en desarrollo. Por el contrario, el campo del análisis de la economía política floreció a principios del año 2000, con diversas agencias humanitarias e instituciones internacionales de prestigio que realizaban estudios de países4. Pero estos esfuerzos generalmente se enfocaron en las instituciones formales y en las prácticas informales, no en las estructuras de facto, y en gran medida se consideró a la corrupción como un rasgo inevitable y general. Y en pocos años, como los expertos en desarrollo Thomas Carothers y Diane de Gramont exponen en Development Aid Confronts Politics, la utilidad de los estudios se cuestionó, debido a la “susceptibilidad y a la resistencia” de los gobiernos del país anfitrión y a la dificultad de traducir sus percepciones comúnmente académicas en aproximaciones de desarrollo concretas5. El resultado fue un giro hacia un análisis de sector o de proyecto más específico6.

Sin embargo, este giro significa que pasan desapercibidas las dimensiones y la arquitectura verdaderas del problema. La sofisticación, resiliencia y adaptación de las redes cleptocráticas han evadido del mismo modo la comprensión a sangre fría de sus estructuras, sus modos de operación y su magnitud real. Con frecuencia, incluso los funcionarios de gobiernos occidentales parecen casi intimidados para llevar a cabo al menos un análisis global como tal, preocupados porque incluso tratar de informarse sería, una vez más, “demasiado delicado”7. El trabajo de periodistas de investigación o de las organizaciones civiles de la sociedad se enfoca, por lo regular, estrictamente en los detalles de casos específicos. No es posible tener un panorama de la red como un todo, lo que hace que las aproximaciones estratégicas sean difíciles de desarrollar.

Dada la importancia de la corrupción y su contribución a los disturbios, al conflicto violento y al daño ambiental a nivel mundial, resulta peligroso no prestar atención a sus modalidades. Ya es hora de volver a realizar un análisis del panorama más amplio.

El objetivo de este estudio es hacerlo mediante el empleo un marco para mapear redes cleptocráticas y sus prácticas en el caso de Honduras, y mediante la proporción de una descripción razonablemente comprensible del sistema cleptocrático integrado de dicho país. El marco y el modelo gráfico pueden utilizarse para conducir un estudio de cualquier Estado o región8 con un panorama resultante que variará según factores como geografía y entorno natural, historia política, fundamentos económicos y contexto diplomático.

La idea es examinar uno por uno los sectores público, privado y delictivo, al igual que las partes externas y las instituciones que interactúan con la economía política de un país determinado, para detectar signos que demuestren que actúan en connivencia para apoderarse de manera ilícita de la riqueza en nombre de los miembros de la red que están, de hecho, saqueando los bienes comunes.

En el caso del sector público, la investigación debe determinar si los elementos de la función estatal han sido manipulados para cumplir con la finalidad de la maximización de la riqueza, y los organismos del gobierno que representan obstáculos potenciales a ello han sido, a su vez, intencionalmente inhabilitados. Para el sector privado, el problema no solo radica en determinar si la estructura de la economía se ha sesgado a favor de la captura de ingresos por un número limitado de personas. Mediante el análisis también se debe averiguar si estos individuos sacan provecho de la protección estatal excesivamente privilegiada o de las relaciones con miembros del gobierno para asegurar dichos ingresos. Al examinar el sector delictivo, del mismo modo, se intenta determinar la distribución potencial entre los miembros, al igual que la protección activa del gobierno a escala de todo el sistema, a cambio de una porción del flujo de ingresos generado por actividades ilícitas.

Para llegar a la conclusión de que un gobierno dado está operando como una red cleptocrática integrada, es necesario analizar un patrón en diferentes instituciones y sectores. De la misma manera que los reporteros de derechos humanos deben demostrar una serie de acciones reiteradas y constantes para llamar a su agrupación una “violación flagrante” y no solo actos de violencia fortuitos, este análisis debe distinguir entre meros actos oportunistas de corrupción y la clase de esquema deliberado que deja indicios inconfundiblemente acordes.

Lo innovador de este marco es su enfoque en la interpenetración de los tres sectores. Un funcionario de alto rango del gobierno podría tener un hermano que ofrece servicios legales a un cártel de drogas, o estar casado con una persona que ocupe el puesto de director general de una empresa que depende de contratos o permisos públicos. Los individuos podrían entrar y salir por periodos de la empresa o del gobierno. Este entramado flexible de los hilos de las redes cleptocráticas es lo que las hace tan resilientes. De este modo, merece la pena explorar las diversas maneras en que se manifiesta la interpenetración. ¿Representan a ambos bandos algunos individuos, por ejemplo, al desempeñar un papel dentro de los sectores público y privado al mismo tiempo y, por consiguiente, servir como un nodo que vincula las redes? ¿Los líderes clave en un sector están representados en otros por un sobrino o un confidente? ¿O un intercambio de favores constituye la forma de interacción principal entre un sector y otro?

En Honduras abundan ejemplos de estas tres categorías de enlace.

Estos lazos profundos del mundo real que unen los sectores por debajo de la superficie de nombramientos formales aparentemente separados dificultan la labor de interlocutores externos bien intencionados. Los socios, tanto empresas como gobiernos extranjeros, tienden a aceptar las distinciones establecidas entre los sectores público, privado y delictivo sin cuestionarlas, y tratan a cada uno como si fuera cualitativamente diferente de los demás. Algunas personas ajenas, que dan por hecha la naturaleza apolítica de sus acciones, quizás no son conscientes de las maneras en que sus inversiones o apoyo podrían beneficiar este modo de operación. A otros interlocutores no les importa si están facilitando la captación cleptocrática de la economía local. En otros casos, los servicios son brindados a la red con plena conciencia. Este análisis examina dichos actores externos de apoyo. Se hace una distinción entre los habilitadores cuya cooperación puede ser involuntaria o bien intencionada, y los proveedores de servicios que sería mejor considerar como colaboradores de la red. También se consideran el contexto geopolítico u otras condiciones que favorecen la permisividad para el gobierno hondureño.

Como las telarañas de algunas especies de arañas, el panorama de un sistema complejo y dinámico como tal puede parecer irremediablemente caótico, en especial dadas las rivalidades que de vez en cuando alteran la configuración. Dentro de la élite económica-política, dicha contienda resulta en lealtades de partido divergentes y en partidismo político. Las rivalidades entre aquellos cuya ocupación principal es delictiva pueden volverse más violentas y podrían provocar la creación de campañas selectivas para la imposición. El equipo de diseño e investigación de este proyecto ha creado una infografía que visualmente hace mención a esta complejidad y, al mismo tiempo, la simplifica al grado de facilitar su comprensión. El largo texto ilustrativo en este informe, dividido según los cuatro sectores esbozados anteriormente (sector público, sector privado, sector delictivo y habilitadores, seguidos por una sección que trata brevemente de los lugares donde el dinero captado tiende a concentrarse), será de manera inevitable algo engorroso y en algunas ocasiones parecerá repetitivo, ya que en él se vuelven a examinar algunos de los mismos hilos que se entretejen de un lado a otro y de un sector a otro. También se incluye, por lo menos, una mirada a las fuerzas compensatorias potenciales.

La investigación que se requiere para desarrollar un panorama similar es literalmente infinita, ya que las condiciones cambian de modo continuo. La mejor manera de crear uno de estos análisis sería hacerlo como un proyecto abierto, con colaboraciones en curso por parte de equipos que incluyan investigadores profesionales con experiencia en la investigación financiera, en la debida diligencia empresarial y en el análisis de redes. Tendría sentido que secretarías de asuntos exteriores y empresas o filantropías con intereses a largo plazo en países específicos invirtieran en dichos análisis en curso.

Sin un compromiso como tal, este informe refleja un grado necesario de selectividad. Parte de esta selectividad está enchavetada a impactos específicos de las operaciones de la red. En particular, en nuestra investigación se tuvieron en cuenta las maneras en que este tipo de economía política amenaza al medio ambiente. Dicho énfasis fue deliberado, dada la amenaza considerable de seguridad a largo plazo que representa la degradación ambiental. Por el contrario, el equipo apenas abordó algunos de los aspectos quizás más conocidos del contexto hondureño. El análisis relativamente superficial de la estructura de las fuerzas de seguridad hondureñas, y de la ayuda que Estados Unidos les brinda, decepcionará a algunos lectores.

Este estudio tampoco hace hincapié en la naturaleza verdaderamente transnacional de estas redes cleptocráticas, cuyos filamentos recorren estructuras similares en países vecinos como Colombia y El Salvador, Guatemala, México, Panamá y en Estados Unidos, los intereses de la industria de extracción en Canadá y los miembros de los grupos de presión en Washington, entre otros. La naturaleza global de las redes cleptocráticas como las de Honduras requiere, con urgencia, que se siga trabajando en este sector.

También tuvimos que hacer compromisos más prosaicos: encontrar un equilibrio entre claridad y detalle; entre realidades dinámicas, multidimensionales y descripciones estáticas de dos dimensiones; y entre sospechas y evidencias documentadas.

No obstante, lo que sigue a continuación es un intento relativamente detallado por analizar de manera sistemática un problema que es sin duda sistemático. Asimismo, se esclarecen algunas de las repercusiones más preocupantes para Honduras y su región.

Honduras, un país conocido por el tráfico de drogas y la violencia entre pandillas que convirtieron barrios completos en zonas prohibidas, por ejemplo, donde los conductores debían de bajar las ventanillas y someterse a un interrogatorio llevado a cabo por vigilantes locales antes de entrar, y donde sacaban misteriosamente a los ocupantes de las casas de noche, ha perdido decenas de miles de jóvenes en los últimos años, “desaparecidos” o conducidos hacia el norte por las rutas peligrosas9.

La violencia y la intimidación de las que han huido se adjudican, en gran medida, únicamente al comportamiento de las organizaciones delictivas. A los funcionarios corruptos del gobierno, como la policía o los empleados de control de las fronteras, se les atribuyen, por lo regular, papeles secundarios, como individuos que ignoran la situación a cambio de un soborno10. O su comportamiento corrupto se toma en cuenta dentro de los obstáculos para combatir el crimen, pero no como una dimensión de la actividad delictiva misma.

En la práctica, como nuestros hallazgos dejan en claro, las relaciones de apoyo mutuo entre funcionarios públicos hasta el nivel más alto, las élites empresariales y las organizaciones delictivas son mucho más orgánicas e intrínsecas de lo que sugiere dicha formulación. En algunos casos, las pandillas se desempeñan como policías auxiliares. En otros, la afiliación a una pandilla se puede entender como una reacción a la corrupción sistematizada: un esfuerzo por construir un espacio social autónomo. Si bien los hondureños señalan indicios de progreso para disminuir el tráfico de drogas, la mayoría de los entrevistados para este informe está de acuerdo con que esto se logro solo a regañadientes, bajo la presión de Estados Unidos. La violencia urbana y la migración, en otras palabras, son una consecuencia de la corrupción del gobierno mismo que disfruta del apoyo de Estados Unidos (y de la Unión Europea) para luchar contra dichos males.

En el último decenio, el fortalecimiento de las normas corruptas que operan ha conducido, asimismo, a la agresión concertada contra el paisaje excepcional de Honduras. Como consecuencia de un estado de emergencia para combatir el escarabajo de pino de montaña, que ha debilitado los controles de la tala de árboles y contribuido al incremento de generadores ineficientes de energía eléctrica a partir de biomasa; de las docenas de concesiones para la explotación de minas y para presas hidroeléctricas otorgadas desde el golpe militar de 2009; de la propensión de los traficantes de drogas a lavar dinero a través del desmonte de la selva tropical para crear fincas ganaderas, se está llevando a cabo una ofensiva para convertir la naturaleza en dinero. Los defensores regionales como Cáceres, que se han manifestado en contra de estos sucesos, a menudo inspirados por una actitud profundamente diferente ante la relación entre los seres humanos y el mundo que los rodea, han sido sometidos a un ataque violento que ha convertido a Honduras en el país más peligroso del mundo para los activistas ambientales11.

Uno de los sucesos más impresionantes evidenciado en esta investigación es cómo la estructura cleptocrática ha explotado con cinismo las preocupaciones climáticas internacionales para arrinconar un mercado anhelado para la producción de energía solar y reactivar grandes instalaciones hidroeléctricas, luego de que su capacidad de destrucción del medio ambiente y de las comunidades locales haya conducido a una disminución en la construcción de nuevas presas en el mundo en décadas recientes. De este modo, aunque Honduras no cuenta con hidrocarburos, sufre su propia versión de la maldición de los recursos12. En contra de esta variedad nefaria del desarrollo neutro en emisiones de dióxido de carbono, a menudo las comunidades indígenas vulnerables y sus aliados se inspiran en los hilos que conforman las creencias y las prácticas tradicionales para tejer una nueva visión para el futuro.

Acknowledgments

El Departamento para el Desarrollo Internacional del Reino Unido hizo posible la investigación y escritura de este informe. Gracias como siempre por su apoyo atento y progresista para el Democracy and Rule of Law Program del Carnegie. Es difícil prodigarle los elogios suficientes al equipo de investigadores que han pasado meses en lo que pudo haberse sentido como tajo, extrayendo las pepitas clave. Entre ellos están los becarios subalternos del Carnegie Julu Katticaran y Elena Barham, al igual que David Wistocki y Katherine Wilkins, ambos investigadores independientes sobre diligencia debida y transparencia financiera. Barham escribió la mayor parte de la sección sobre historia. En Honduras, mi hermana Eve Lyman fue mi compañera pensante irremplazable; la mayor parte del análisis incluido aquí proviene de nuestras deliberaciones sobre lo que habíamos visto o escuchado y su perspicacia. (Ella también llevó a cabo la mayor parte de la traducción). Esto no hubiera sido posible, en especial en Patuca, sin los hondureños que nos despejaron el camino logística e intelectualmente. No revelamos sus nombres por razones de seguridad. Gracias a los estadounidenses que se han consagrado a este país y que fueron generosos con su tiempo y asistencia documental, en especial a Annie Bird, Marc Bonta, Kendra McSweeney y Erik Nielsen. Gracias también a Monti Aguirre, Lucy Edwards, Jonathan Fox, Sally O’Neill, Jim Phillips y Kent Shreve. Varios de los anteriormente mencionados leyeron asimismo versiones preliminares, como también lo hizo Adrienne Pine y un analista hondureño. Gracias al equipo de comunicaciones del Carnegie por la hábil edición y por desarrollar los gráficos en la próxima etapa. Por último, el vicepresidente ejecutivo del Carnegie, Tom Carothers, es un colega simplemente irremplazable. Su dedicación a la investigación a fondo que concierne a la política es inigualable y con firmeza provee el espacio que necesitamos para involucrarnos en ello.

Notes

1 Para la lista completa y la metodología, véase Corruption: Violent Extremism, Kleptocracy, and the Dangers of Failing Governance, Ante la Comisión del Senado de Relaciones Exteriores, Congreso 113avo., (30 de junio de 2016) (informe de Sarah Chayes, https://www.foreign.senate.gov/imo/media/doc/063016_Chayes_Testimony.pdf)

2 Para un análisis de cómo estos sistemas operan en diversos escenarios, véase por ejemplo Tom Burgis, The Looting Machine: Warlords, Oligarchs, Corporations, Smugglers, and the Theft of Africa’s Wealth (New York: Pegasus, 2013); Sarah Chayes, “The Structure of Corruption: A Systemic Analysis Using Eurasian Cases”, Carnegie Endowment for International Peace, 30 de junio de 2016, http://carnegieendowment.org/2016/06/30/structure-of-corruption-systemic-analysis-using-eurasian-cases-pub-63991; Sarah Chayes, Thieves of State (New York: Norton, 2015); Karen Dawisha, Putin’s Kleptocracy: Who Owns Russia? (New York: Simon & Schuster, 2014); Balint Magyar, Post-Communist Mafia State: The Case of Hungary (Budapest: Central European University Press, 2016); y Minxin Pei, China’s Crony Capitalism (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2016).

3 Chapman University Survey of American Fears, “America’s Top Fears, 2016”, Wilkinson College of Arts, Humanities, and Social Sciences, 11 de octubre de 2016, https://blogs.chapman.edu/wilkinson/2016/10/11/americas-top-fears-2016/.

4 Véase, por ejemplo, Tom Dahl-Østergaard, et al., “Lessons Learned on the Use of Power and Drivers of Change Analyses in Development Cooperation”, OECD DAC Network on Governance, Organization for Economic Cooperation and Development, 20 de septiembre de 2005, https://www.oecd.org/dac/governance-peace/governance/docs/37957900.pdf.

5 Thomas Carothers y Diane de Gramont, Development Aid Confronts Politics: The Almost Revolution (Washington, DC: Carnegie Endowment for International Peace, 2013), pp. 148–49.

6 Ibíd., p. 164. “Las principales organizaciones de ayuda están incrementando y repensando su uso del análisis económico político. El empuje de esta medida es hacia estudios más enfocados, desplazándose de nivel país a nivel sector o a planteamientos enfocados en el problema”.

7 Durante reuniones informativas sobre esta metodología, funcionarios de gobierno de Alemania, Suecia y Estados Unidos, entre otros países, expresaron su punto de vista conforme a estos términos.

8 Éste se probó primero en Azerbaiyán, Kirguistán y Moldavia en junio de 2016. Véase Chayes, “Structure of Corruption”.

9 Para una mirada relativamente más reciente y profunda sobre la crisis migratoria en Centroamérica, véase “Easy Prey: Criminal Violence and Central American Migration” (Latin America Report No. 57), International Crisis Group, 28 de julio de 2016, https://d2071andvip0wj.cloudfront.net/057-easy-prey-criminal-violence-and-central-american-migration.pdf.

10 Incluso en la frontera estadounidense. Véase Ron Nixon, “The Enemy Within: Bribes Bore a Hole in the U.S. Border”, New York Times, 28 de diciembre de 2016, http://www.nytimes.com/2016/12/28/us/homeland-security-border-bribes.html?emc=eta1&_r=0.

11 Véase “On Dangerous Ground”, Global Witness, 20 de junio de 2016, https://www.globalwitness.org/en/reports/dangerous-ground/; al igual que “Honduras: The Deadliest Place to Defend the Planet”, Global Witness, 31 de enero de 2017, https://www.globalwitness.org/en-gb/campaigns/environmental-activists/honduras-deadliest-country-world-environmental-activism/.

12 Véase Sarah Peck y Sarah Chayes, “The Oil Curse: A Remedial Role for the Oil Industry”, Carnegie Endowment for International Peace, 30 de septiembre de 2015, http://carnegieendowment.org/2015/09/30/oil-curse-remedial-role-for-oil-industry-pub-61445.